Otra vez el señor con calcetines en la piscina. (Recuerdo al hombre con calzoncillos de Payuelos. La ropa interior y las carnes mórbidas pueden producir muy diferentes estímulos) Y música arratonada.

Afortunadamente, hoy ya es día de diario y bajan las temperaturas: afluencia menos dominga que otros días. En el río por la tarde, viento en contra.


Sigue haciendo sol a toda hora. Estoy saturado. ¡Estoy hasta moreno! Estamos en abril. Este descalzaputas nos ha de dar que sentir. Territorialidad e intrusismo.

Un señor dando saltitos en la piscina como con… unos calcetines.

La ciudad está muy sucia.


Hoy por la mañana trato, sin conseguirlo por muy poco, de aguantar quince minutos de sauna. Por poco hago diez largos y, por la tarde intento, faltándome muy poco, correr una hora. Debo decir en mi descargo que ayer domingo probé (absolutamente harto de la cada vez más pastoral, por aborregada, Semana Santa en la provincia) a beberme una botella entera de whisky. Y por poco lo consigo.


Obediencia. A pesar de la danza de la lluvia bailada de forma numerosísima por nuestros apaponados penitentes hace buenísimo. Hasta León sur se llena de turistas. Echo de menos el frío y la soledad. Llegará. Con la lluvia.

Diarios de Kafka. 2 de agosto de 1914. Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, escuela de natación. “Creer, sin ironía, en el propio talento, puede hacer daño. Pero esto tiene una gravedad relativa. Es más grave, aún, el daño que puede hacer a los demás”.

Josep Pla. You’ll never catch me alive said he. Waltzing Matilda. Car, grâce à toi j’ai rendu l’esprit Je me suis pendu cette nuit… et depuis… Je chante.

Los dos vagabundos, después de ser molestados por la policía, se suicidan.


Calor y manga corta. Mucha gente en el río. Y en la piscina. Y música. Un infame hilo musical omnipresente (yo diría que incluso debajo del agua) de baja frecuencia y de los ochenta (lamento el pleonasmo).

Mi humor no mejora nada con la (obligada) compañía.


Cambian la hora. Otra vez. Así que, aunque salgo a las ocho veo los penitentes y su chorus line a plena luz del día. Es raro. Solo es gente tocando el tambor y la trompeta pero mi instinto pavloviano me da ganas de persignarme cuando les paso corriendo.


Purgatorio. Mucho frío. Viernes. Envejezco y siento envidia. Son deportes no homologados. O sí. Aniversario de boda. Siete años. Aquí a la película sobre el consabido picor de ese periodo preciso la titularon La tentación vive arriba. Por ejemplo.

Más clichés.


Gorila en la niebla. Por la mañana me baño a dos grados y por la noche corro a uno. Llego a nadar con aguanieve cayendo y con vapor saliendo del agua, lo que produce unos efectos neblinoazulados enormemente plásticos. La piscina exterior suele estar vacía, pero, de vez en cuando se sumergen breves señores gordos y calvos que recuerdan en textura y color a los garbanzos en remojo. A la mierda la plástica.

En las bernesgas tinieblas me cruzo con

  1. Un grupo de ensayantes  penitentes vestidos de civil con sus destempladas cajas y desafinados pífanos ensayando, supongo, también su coreografía que consiste en caminar mientras se toca el tambor
  2. Un pequeño coche de bomberos pennylaico en el Puente de los Leones y a las dos pequeñas prostitutas de wengue o palisandro (hay más maderas oscuras aparte del ébano) que se incorporan a su puesto en Sáenz de Miera.

Pienso, como ellos al verme, supongo, que estamos todos desesperadamente chiflados.


Life itself is an exile. The way home is not the way back.

Colin Wilson

Me gustaría que me asombrara la magia en donde no discierno más que rutina o sandez. Ser entretenido por objetos engendrados, no creados. Como el Cristo. No imaginármelo, como el resto de entes, con la forma de una criatura previamente mecanografiada.

Es en la vuelta donde la gente se mide o crece o madura. Ir es fácil. Es inconsciente. Es inevitable. Los viajes de Ulises o el Hijo Pródigo son retornos. Resulta más difícil y peligroso bajar una montaña que subirla. Así funciona el mecanismo de —Dios me perdone— la memoria: solo sufrimos o gozamos por comparación. Después de una larga abstinencia todo alimento es golosina, toda agua, elixir y cualquier acto sexual, por precario que resulte, todas las delicias del Kama Sutra. Quiero volver. Lo que es difícil, claro, cuando no se ha ido a ningún sitio.

Para haberme administrado tales Navidades, corro el río entero. Hacia arriba y hacia abajo. Oscuridad y frío de tumba. Son, como digo, fechas.


Sigo siendo un cliché con patas —cada vez más robustas—. No alcanzo la iluminación. No veo en las chavalas el saco de excrementos que decía el Buda. Veo otras cosas. Llega el domingo. En León en estas fechas hacen el revival del revival de un revival. Hay un conjunto que hasta se llama losSunday Drivers. Domingueros, de toda la vida. Como hace bueno, salgo en camiseta y me voy al quinto pino por la ribera del Porma, río que asocio ya, como fluvial compañero de carrerinas, con el Bernesga y el Esla.

Luego, al día siguiente, caigo enfermo. Me curo en cuatro días. Por una lógica subnormal e inversa vuelvo de forma inmediata a beber y a comer sin tasa. Son fechas.