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L A   N O C H E   Q U E   J O H N   L E N I N   T O C Ó   C O N   L O S   R O L L I N G   S T A L I N
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. . . «Homero es un mermado». A la conferencia que el resucitado Jorge Luis Borges dictó en Madrid por su centenario acudió tan poca gente como a la que había dado en 1963. «María, lo asevero, le conosí resién, vos lo viste, es incapás de un análisis que no sea elegíaco». Los últimos libros de Borges Tributo y Los nueves habían pasado desapercibidos. Hoy, la cada vez más fina sección de cultura de un diario español se abarrotaba con a) La última cosa de Shakespeare (todavía sin traductor, quizá sin traducción). b) La novela corta de Molière, moderadas ventas en Francia. c) El disco triple de Mozart, que salía con casi un año de retraso. d) Nuevo incendio en el taller de los Rubens. e) La polémica de Bach con el director del festival de Salzsburgo subía de tono: «Este individuo desconoce los rudimentos de la armonía, de la acústica y hasta del idioma alemán» había exclamado el músico. f) Quevedo abandonaba su columna por discrepancias con la dirección. g) ...

     El público, aturdido por la multiplicación de las novedades obligatorias dudaba entre seguir comprando los fascículos de la colección Joven narrativa española (en la que habían incluido, a última hora, a Juan Valera) o adquirir el último volumen de Cervantes que tras su resurrección había asombrado a los periodistas con su humor incomprensible, su lenguaje soez y su ceceo madrileño trabado de blasfemias. El célebre manco no callaba ni dormido: «Al próximo que abra la boca como una parturienta para decir la a de Saavedra le doy una hostia»; «Lo que opine Lope me importa un cojón. Que cifre lo que yo». Hablando de ventas levantaba una ceja y sonreía enseñando los tres dientes que le quedaban.

     Los clásicos resultaron ser unos rencorosos y percutían el planeta insultándose unos a otros, mezclando épocas y agravios, llamándose anacronismos y arrojándose a la cara el número de veces que eran citados en Internet. Rabiaban contra todo, fumaban como galeotes y tiraban de las orejas a escenógrafos, cineastas, traductores y responsables de museos que, a su vez decían que la realidad de la desmitificación nunca puede ejecutarla el propio mito. «Es poco profesional», afirmó un columnista.

     Parecía que ninguno de los inmortales obtuvo un sueño apacible, ninguno despertó satisfecho, ninguno lo había dicho todo. Hasta los suicidas vindicaban y establecían apóstrofes. Eran unos chinches y no soportaban las críticas. Van Gogh sacó a cintazos a un cronista de una exposición suya: «¡Esto es pintura y a usted sólo le gustan los cachivaches!» le gritaba, hinchadas las arterias del cuello flaquísimo. Allan Poe no veía a nadie, no concedía entrevistas y nunca se quitaba las gafas de sol. Pablo de Tarso era antipático hasta el homicidio. Constituían una real plaga y no había esquina del mundo que no pulularan. Poetas indostanís descendidos de sus tumbas cantaban a Yama el Juez de las Sombras en renovados pies. En Calcuta se habían censado no menos de seiscientos autores del Ramayana. Birmania se pobló de danzarines de tan diversas técnicas y de tan intrincadas escuelas que los potenciales alumnos corrían hacía lo más verde de la jungla.

     «Era lo peor que nos podía pasar» aseguraba un editor que hace unas semanas había exclamado en un almuerzo de trabajo: «El que escribía sueltecito era don Mariano José de Larra». Ahora tenía a Fígaro extenuando la cinta de su contestador automático veinticuatro horas al día. «No tengo papel ni para catálogos» le había dicho esa misma mañana al representante del farruco de Goethe en España. Lo mismo les pasaba a las discográficas: «Dice Hendrix que quiere el estudio un mes»; «Dice Sinatra que ahora, que tiene la voz como nunca»; «Que dice Caruso que quién es John Lenin».

     Moisés andaba esquivando cascotes en Jordania y Jesucristo se hacía un lío con los idiomas y contestaba que no, que no era tan bajito y que aunque lo fuera era igual a los ojos del Padre, a una pregunta sobre la transubstanciación. Mientras tanto en el madrileño salón opaco y semidesierto Borges siseaba: «¿Y dónde está Cansinos? ¿No lo han resusitado todavía a Cansinos? Para esto no sale uno de la eternidad».
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Ernesto Rodera
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